Una mirada a las elecciones estadounidenses.

¿Qué podemos esperar?

Este fin de semana se confirmaba lo que muchos medios ya anunciaban desde hace días, y fue la victoria de Joe Biden frente a Donald Trump en las elecciones estadounidenses.

Estas elecciones han estado centradas en el foco mediático apuntando a un proceso protagonizado por la crispación política entre los dos líderes burgueses y la crisis sanitaria, las elecciones han dado resultado en una opinión dividida entre los que apoyan a Donald Trump y los que se posicionan en favor de Joe Biden, como la apuesta antiTrump. Pero, ¿hay realmente diferencias entre ambos candidatos? ¿Supone Biden un cambio significativo para la clase trabajadora estadounidense y mundial?

Biden vs Trump: How the US media overlooked the appeal of right-wing  politics

Son conocidas las múltiples declaraciones de Trump en materia antimigratoria, en el proteccionismo económico y en la parte internacional por el distanciamiento de relaciones con el polo imperialista de la UE, así como la tensión con quien le está disputando a los EE. UU. el coronarse como la primera potencia imperialista, China.

A esto se suma que durante la campaña electoral y en los últimos meses de su mandato Trump optó por erigirse en presidente de la “ley y el orden”, evocando el mensaje nixoniano de 1968, y agitando también las esencias de 2016: el rechazo a la inmigración y la reivindicación de la identidad blanca americana. Todo ello en medio de la oleada de protestas por el asesinato de George Floyd, durante las cuales el presidente respondió con fuerza y represión. En busca de un sesgo electoral se ha abanderado del patriotismo americano, con ejemplos como cuando afirmó que: “quien queme una bandera estadounidense pase un año de cárcel”.

Todo esto se ha juntado con una política negacionista de la pandemia generada por el COVID-19 hasta los últimos meses. Cuestión que no han dudado en destacar todos los medios internacionales, con intereses puestos sobre las elecciones en base a la elección de un presidente más o menos proteccionista, que han centrado el mensaje en focalizar el problema en un Trump al que tachaban de loco. Primando, como de costumbre, el sensacionalismo, obviando por completo el componente de clase de los candidatos y cualquier proceso electoral.

Las grandes ciudades siguen siendo el principal problema de Trump. En 2016, Trump no ganó en ninguna ciudad con más de un millón de habitantes. Las grandes ciudades de EE. UU., que tienen competencias en educación o en seguridad ciudadana, votan desde hace años a demócratas o a republicanos moderados. Las elecciones legislativas de 2018 acentuaron esa tendencia y, más preocupante aún, la extendieron a los barrios obreros de las ciudades, donde está el grueso de votantes que pueden fluctuar de un partido a otro.

La crisis del COVID-19 ha supuesto para Trump un hándicap determinante en lo comunicativo, haciendo imposibles los grandes mítines en los que el todavía presidente se rodeaba de sus fieles y conseguía colocar sus mensajes estratégicamente seleccionados para atraer al electorado.

Así vimos como lo intentó dos veces. En Tulsa, Oklahoma, y en una iglesia de Phoenix. Aparte de dificultades para llenar grandes aforos, Trump quedó como un temerario que arriesga la vida de sus seguidores. Recordemos que los medios de comunicación y los grandes titulares fueron claves para asegurar el voto de la clase obrera en 2016, junto a sus promesas proteccionistas que preveían un revulsivo para la burguesía industrial del país. Estos titulares y los contados discursos de Trump apelando al voto de la clase obrera se han reducido sustancialmente en estos comicios.

¿Qué sabemos del futuro presidente?

Por su parte, Biden centró su discurso en el debate económico, concretamente en una idea: la reconstrucción. Para Biden, esa reconstrucción de la economía norteamericana pasa por un masivo programa de inversión pública y un enfoque nacionalista de la producción y el consumo alrededor de la idea de comprar americano. Aún con esto, Biden ha dejado claro con su plan, que la supuesta derrota de Trump no supondrá una vuelta a la cooperación, las fronteras abiertas o los grandes acuerdos comerciales de la era Obama. Siendo así, ha afirmado que la “nueva normalidad económica es nacionalista, gane quien gane” queriendo arrastrar un discurso de un marcaje proteccionista, auspiciado por un tensionamiento de la burguesía industrial que se aferra al candidato con más probabilidades de ganar en los comicios.

En números, Biden propone por el momento una inversión de 300.000 millones de dólares en investigación y tecnología, como el desarrollo de la red 5G o vehículos eléctricos. Aparte, 400.000 millones más en ayudas para comprar productos fabricados en Estados Unidos. Hasta el momento, Biden ha propuesto una reforma fiscal que aumentaría la recaudación en casi cuatro billones de dólares y prácticamente desmonta las rebajas fiscales aprobadas por Trump y los republicanos, que beneficiaron sobre todo a grandes fortunas y empresas. El programa asegura que Biden podría crear cinco millones de empleos en manufacturas e innovación.

Con un lenguaje que pretende impulsar las ideas patrióticas, Biden ha prometido que “va a movilizar el talento, el coraje y la innovación del pueblo americano y todo el poder del Gobierno federal para reafirmar la fuerza industrial y tecnológica de Estados Unidos y asegurarse de que el futuro es hecho en América por trabajadores americanos”. “Las fábricas de Estados Unidos fueron el arsenal de la democracia en la Segunda Guerra Mundial y deben ser parte del arsenal de la prosperidad de Estados Unidos hoy, y ayudar a la recuperación económica de las familias trabajadoras”. Lógicamente este discurso se enmarca en una guerra económica frente a China que durante la era de Trump se ha visibilizado entre la población estadounidense.

Pero debemos buscar en la crisis del COVID-19 un marco en el que se va a apostar por una política proteccionista, en el que la dependencia hacia China para la compra de productos sanitarios y manufacturados se ha hecho evidente. En este sentido, la campaña de ambos candidatos ha centrado el discurso en poner sobre la mesa los intereses de la burguesía industrial, mencionando expresamente que el plan económico que están diseñando se fundamenta en reducir la dependencia de EEUU del exterior en la producción de material médico.

Es destacable, a modo de ejemplo, el escenario escogido por Biden para presentar su propuesta económica, ya que escogió una planta metalúrgica en Dunmore, Pensilvania. Recordemos que el Estado del noreste fue, junto con Michigan, la gran sorpresa de 2016. Dado que Pensilvania no votaba republicano desde 1988. Y Trump selló su victoria por apenas unos miles de votos en estos dos Estados. La sorpresa se atribuyó al resentimiento de los trabajadores empobrecidos por la deslocalización de empresas, y por el discurso proteccionista de Trump. Recordemos que por aquel entonces Trump se presentó con un discurso de “America First” que echaba la culpa de las dificultades económicas a China y a México.

El discurso de Biden se ha enmarcado en buscar establecer falsas fronteras entre demócratas y republicanos entorno a quién beneficia quién. Siendo así, se centró en la idea de que Trump ha beneficiado a la Bolsa y a las grandes empresas, mientras les fallaba a las familias y los asalariados, con afirmaciones como: “Es hora de dar la vuelta a las prioridades en este país” o “ya toca acabar con esta era de capitalismo de accionistas. La idea de que la única responsabilidad de una empresa es con sus accionistas es una farsa absoluta. Tienen una responsabilidad con sus trabajadores, su comunidad y su país”.

La campaña de Biden no solo se centró en el argumento económico de Trump por su falta de plan a largo plazo para la situación que ha creado la crisis del COVID-19, también trato de debilitar la idea de que estos años hayan sido positivos en términos económicos para la burguesía industrial y los trabajadores americanos. Biden se apoya en los datos económicos de los últimos años, en los que acertadamente se destaca que, en 2018, se batieron récords de recompra de acciones y de baja recaudación de empresas. Y como en 2019, el sector manufacturero de EE. UU. “estaba en recesión”, y la guerra de aranceles con China “acabó contribuyendo al declive de las exportaciones”.

Y, como ya hemos indicado en la presentación del programa económico, la campaña de Biden dejó claro que su victoria no supondrá una vuelta a los tratados comerciales y el aperturismo.

Con este discurso Biden se apropió de la principal arma de Trump, que es la economía. Dado que Trump puede agitar a las bases más acérrimas con discursos sobre las armas o el aborto, pero su principal argumento para aspirar a un voto trabajador era la economía y el empleo.

En este sentido, es significativo ver como durante la pandemia el nivel de desigualdad de ingresos y riqueza que existe en EE. UU. se ha agravado mucho más.

Mientras decenas de millones de trabajadores estadounidenses lidian con una situación económica desesperada (desempleo, pérdida de cobertura médica, desahucios, hambre), la gran burguesía estadounidense está viendo incrementado su capital de forma aguda. Incremento que con la llegada de Biden, no va a disminuir.

Así vemos varios ejemplos significativos:

  • 13.000 millones de dólares. Esta es la cantidad que Jeff Bezos (fundador de Amazon), el hombre más rico del mundo ganó en un solo día. Mientras tanto, su conglomerado de empresas niega a los trabajadores la baja por enfermedad, la indemnización por riesgos y no garantiza un lugar de trabajo seguro a cientos de miles de trabajadores.
  • 21.000 millones de dólares. Esta es la cifra que la familia Walton, la familia más rica del país (propietaria de los establecimientos Walmart) ganó en las últimas 20 semanas.
  • 731.000 millones de dólares. Eso es lo que aumentó la riqueza de 467 multimillonarios desde que la Reserva Federal comenzó a tomar medidas de emergencia para reforzar el mercado de valores en marzo.

Con estas cifras podemos ver ejemplificado como gracias a la rebaja fiscal que Trump realizó a la burguesía, las grandes fortunas ahora pagan una tasa impositiva efectiva más baja que cualquier trabajador.

El espectacular aumento de la riqueza que han obtenido la burguesía durante la pandemia se produce en un momento en que 92 millones de estadounidenses no tienen seguro, o tienen uno que no les da una cobertura adecuada, y decenas de millones de estadounidenses se enfrentan a desahucios o ejecuciones hipotecarias.

Es significativo, y nos sirve argumentalmente como ejemplos clarificadores, ver como en un contexto de crisis sanitaria mundial la burguesía estadounidense (el 0,0001% de la población de los EE. UU.) utilicen una pandemia mundial como una oportunidad para obtener beneficios escandalosos después de un rescate de facto de la Reserva Federal.

Pero debemos preguntarnos, ¿serán efectivas medidas de tipo impositivo que pueda aplicar Biden?, la respuesta es clara: no. No olvidemos que por más trabas en impuestos o más declaraciones por parte de los demócratas en torno a establecer falsas fronteras entre estos y los republicanos, los partido burgueses son conocedores de que en un marco imperialista las trabas que un país pueda establecer a la burguesía oligárquica no repercuten en está más que superficialmente, dado que las herramientas que poseen las empresas tales como la deslocalización hacia otros países  con unos impuestos indirectos más reducidos o las fórmulas de ingeniería fiscal les permiten mantener sus grandes beneficios.

En otras palabras, las declaraciones de cualquier candidato burgués en torno a un discurso incisivo respecto a las grandes empresas se quedan en un mero brindis al sol, dado que el sistema capitalista ya refuerza y brinda a la burguesía. Tampoco debemos olvidar que tanto un candidato como otro son parte directa de esta burguesía imperialista, no pudiendo reducirlos a meros funcionarios del estado burgués, sino señalando que tiene intereses personales y partidistas en el reforzamiento de la oligarquía imperialista.

Respecto al pasado de Biden como vicepresidente de la administración Obama desde 2009 a 2017. No podemos olvidar que el gabinete de Obama ha sido el único de la Historia de los EE. UU. que estuvo en guerra la totalidad de su mandato. Atacando a Afganistán, Yemen, Siria, Irak y apoyando e instigando los bombardeos en Libia.

Continuando con los demócratas, y en relación con las primarias del partido cabe señalar que en los últimos días de empuje de la campaña se dejó entrever la unidad de los demócratas por en torno a Biden, presentándose como el candidato del consenso. Recordemos que el resultado de las primarias dejó fuera a otras opciones socialdemócratas, como la de Bernie Sanders. Biden ha sido el más moderado de los candidatos, y el que menos gasto público prometía. Apostando así por el candidato del establishment. Buscando la moderación frente a las aspiraciones del ala más a la izquierda del Partido Demócrata, que no deja de ser un ala socialdemócrata clásica, similar a las apuestas socialdemócratas europeas.

Sin embargo, la campaña ha mantenido gestos clásicos de los demócratas estadounidenses, y recoge algunas propuestas del programa de Sanders: desde la expansión de la sanidad pública hasta la eliminación de las prisiones privadas o revertir la política de Trump en inmigración. Pero por otro lado, el programa ha excluido abiertamente asuntos como la sanidad pública universal o el Green New Deal.

Kamala Harris, la vicepresidenta que prepara su ascenso a la presidencia.

No podemos obviar, a quien ha sido incluso más protagonista que Biden en esta campaña, la futura vicepresidente Kamala Harris. Y es que a lo largo de estos días estamos viendo un discurso similar al protagonizado por los medios en la época de la llegada de Obama a la Casa Blanca, pretendiendo centrar, como en aquel entonces, la imagen de la vicepresidente en sus raíces natales, así como en su caso en el hecho de ser la primera mujer que ejercerá como vicepresidenta del país.

Pero, ¿es realmente Kamala Harris esa figura que nos venden los medios de comunicación y la izquierda reformista?

Para responder a esta pregunta empecemos por aclarar que la propia Harris no se vende como una vicepresidenta a la izquierda de Biden o en la línea de Sanders, sino simplemente como una fiscal progresista, y, sobre todo, como una mujer no blanca, de hecho, ella se considera afroamericana.

La realidad es que ella viene de una familia pudiente de la India y también tiene ascendencia jamaicana. No representa un ala izquierdista ni radical ni siquiera especialmente progresista de los demócratas, ya que por ejemplo como fiscal, como parte estructural del sistema, fue responsable de miles de condenas a jóvenes negros de barrios obreros. A su vez, ella apuesta por la solución de los dos estados en Palestina, pero, sobre todo, en defensa de Israel y contra resoluciones que han surgido contra Israel por sus ocupaciones y ataques en Gaza y Cisjordania. A su vez, cuando se planteó el Medicare, ella apostaba por un programa muy moderado, dando primacía a seguros privados.

Vemos así cómo Harris no deja de servir a los mismos intereses que Biden.

Y es por ello por lo que debemos rechazar el discurso mediático que afirma que representa a las mujeres trabajadoras, dado que por su condición de clase se sitúa en el antagonismo de los intereses de cualquier mujer trabajadora.

Las elecciones estadounidenses han vuelto a evidenciar la farsa de las democracias burguesas. EE. UU. es el principal foco del imperialismo a nivel mundial, es el país donde las diferencias de clase aumentan cada vez con millones de pobres y cada vez más supermillonarios, es el país donde el racismo y la represión policial está a la orden del día cuando, precisamente, las protestas antirracistas por el asesinato de George Floyd mostraron que el Estado es perfectamente derrocable ante la organización de la clase obrera.

Los trabajadores de todo el mundo hemos asistido al reparto de sillones en torno a que mandatario dirigirá la primera potencia imperialista. Hemos asistido a la elección del próximo presidente que decidirá qué país invadir o que economía hundir. Los trabajadores de Estados Unidos y del resto del mundo no ganamos nada con la elección de que burgués va a ocupar la Casa Blanca, sencillamente saber si saldrá un presidente más intervencionista o menos, más extremista o menos, pero en todos los casos un presidente que velará por mantener el statu quo del modo de producción capitalista.

Como Partido (marxista-leninista) de los Trabajadores no podemos más que reforzar nuestra denuncia de este proceso electoral, como parte de la farsa de la democracia burguesa, y el sistema electoral bipartidista estadounidense. Además de destacar el carácter de clase de las mismas, y los intereses económicos que representan cada candidato. Trasladamos todo nuestro apoyo a los trabajadores estadounidenses que mediante la organización y el reforzamiento de las organizaciones obreras y de un partido de vanguardia podrán hacer la revolución proletaria como única vía en la que la clase obrera pueda conquistar el poder real para su liberación. Nos sumamos al grito de los comunistas norteamericanos “don’t vote, revolt!” de denunciar la farsa electoral y por organizar la revolución proletaria en el país líder del imperialismo mundial.