Sobre la toma del poder en Afganistán por parte de los talibanes

Estos días estamos viendo como ha saltado a la palestra mediática la sorpresa de la rápida toma del poder de los talibanes en Afganistán después de la retirada de los Estados Unidos del país. En muchos casos se da la sensación de que los Estados Unidos deberían haber permanecido más tiempo en el país y así evitar lo que ha terminado sucediendo.

Para empezar con la cuestión, es importante que tengamos en cuenta que Afganistán es un país totalmente dependiente y semifeudal. Esta cuestión es básica para entender la situación del país hoy en día. Su posición geográfica, enclavado en una zona fronteriza con China, Pakistán, Irán, y países exsoviéticos, le ha llevado históricamente a ser el centro de muchos conflictos por su control y por el de sus recursos. En el país abunda el opio (extraído de la amapola), la minería, el gas, y el carbón.

En estos días estamos viendo un resurgir de las posiciones más prosoviéticas en el Movimiento Comunista Español, hablando de como el supuesto Afganistán socialista fue una experiencia maravillosa, y de cómo la Unión Soviético dio su “apoyo internacionalista” en 1979, cuando el Ejército Rojo ocupó militarmente Afganistán.

Nada de todo esto es cierto.

La realidad es que, en Afganistán, después del derrocamiento de la monarquía, tuvo lugar un golpe de estado, en 1978, dirigido por una facción del ejército que se encontraba al servicio del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), el partido prosoviético del país. Tras el triunfo de la insurrección militar, el PDPA se hizo con el control del país. Frente a todo lo que se nos quiere difundir como un gobierno laico, la realidad es que el PDPA en este momento adoptó una serie de medidas muy favorables al islam, como la reparación de las mezquitas.

Todo esto no quiere decir que, si hubiera medidas progresistas y más favorables a la clase trabajadora y a la integración de la mujer en la sociedad, pero entendiendo que estas medidas no convierten a un país en socialista o no.

En estos años, la Unión Soviética era una potencia socialimperialista de primer orden, y, a base del control económico y militar de sus países dependientes, mantenía a salvo sus intereses. Este fue el caso de Afganistán. Un país con el que hacía frontera y que le interesaba que estuviese bajo su órbita. Por ello financió el levantamiento de 1978, y por ello el PDPA siguió fielmente las órdenes dadas desde Moscú.

Ya en 1978 tuvo lugar la insurrección islamista de los muyahidines (que se hizo financiada por Estados Unidos y dentro de lo que se denominó la “Operación Ciclón”). Estos extremistas religiosos se oponían al PDPA y al modelo de estado, defendiendo un estado teocrático.

Ante esta insurgencia, y los múltiples levantamientos que estaban teniendo lugar en todo el país, como los de Herat, Chindawol, o Bala Hissar, se hizo evidente que el gobierno de Hafizullah Amín no podía hacerse cargo de la situación. Es más, el propio Amín había obtenido el poder después de una trama palaciega en la que había asesinado al Secretario General del PDPA y Presidente del país, Nur Mohammad Taraki.

La invasión soviética se produjo finalmente el 27 de diciembre de 1979, justo después de que las tropas especiales soviéticas asesinasen a Amín (al que acusarán, más delante, de trabajar para la CIA) y pongan a Mohammad Najibulá, más conocido como Najib, como presidente del país, siendo este un títere completo de Moscú. Las tropas militares soviéticas en Afganistán llegaron a contar con más de 120.000 efectivos.

Esta es la realidad del supuesto socialismo en Afganistán: golpes militares, tramas palaciegas, invasiones de países extranjeros… Por todo ello no podemos sumarnos a la tónica reinante de reivindicar el falso socialismo afgano, así como tampoco de defender el papel de la Unión Soviética en el conflicto, que no era más que una potencia socialimperialista que solo defendía sus intereses.

Con la Perestroika, y ya en los años finales de la URSS, esta acabó abandonando a su suerte al gobierno que había conformado al retirarse del conflicto en 1989. Su anterior títere, Najib, acabó proponiendo una Constitución Islámica en 1990, borrando cualquier referencia al comunismo, y proponiendo una amnistía a los muyahidines. Tal era el carácter revolucionario del PDPA y de su dirección.

Nuestra condena de la política soviética en estos años no nos debe llevar a ponernos una venda en los ojos respecto a Estados Unidos. Este país financió y dio todo su apoyo a la insurgencia islamista, llegando a recibirlos en la Casa Blanca el propio Ronald Reagan, calificando a los muyahidines de “luchadores por la libertad”. Los Estados Unidos no tuvieron reparos en armar, entrenar y financiar a unas fuerzas extremistas islámicas con tal de combatir a la Unión Soviética. Este sería el momento en que las organizaciones terroristas islamistas nacen.

Esta política se gestó desde que Afganistán cayó en la órbita soviética, y tuvo su punto máximo de desarrollo cuando el embajador de Estados Unidos en el país, Adolph Dubs, fue asesinado.

Con el fin de la Primera Guerra Afgana, en 1992, se creó el Estado Islámico de Afganistán mediante los Acuerdos de Peshawar. Este nuevo estado tuvo que hacer frente a las guerrillas musulmanas de diverso signo y que contaban con el respaldo de varios países. Este conflicto fue conocido con la Segunda Guerra Afgana Finalmente, en 1996, los talibanes, respaldados por Pakistán y Arabia Saudí, y por grupos extremistas (entre ellos el de Osama Bin Laden), tomaron el control del país tras la caída de Kabul.

Los talibanes, que ahora mismo están en boca de todo el mundo, son un grupo extremista islámico que mantiene estrechos vínculos con el wahabismo (extremismo sunita) de Arabia Saudí, razón por la que contaron con el apoyo de Osama Bin Laden y Al Qaeda. Su nacimiento se remonta al final de la Primera Guerra Afgana, y era un movimiento mayoritariamente pashtun que nació en seminarios religiosos financiados por Arabia Saudí. A lo largo de estos años han pasado de controlar el país a perderlo en varias ocasiones, hasta el momento actual.

La Tercera Guerra Afgana fue la que se desarrolló desde 2001, con los atentados de las torres gemelas, hasta 2014, fecha en que la OTAN logra acabar con el Estado Islámico de Afganistán, impone a su gobierno títere, acaba con los campamentos de talibanes, y da inicio una ocupación militar del país, ocupación que durará hasta 2021.

Esta es la cronología de las guerras que el pueblo afgano ha soportado desde 1978 a causa de las políticas imperialistas de los diferentes países. Desde la Unión Soviética a Estados Unidos, pasando por potencias regionales como Arabia Saudí, todos han querido controlar a un país semifeudal y dependiente, para así ejercer su dominio en la región y controlar sus recursos.

Llegando a la actualidad, lo que podemos ver no es más que el final de un estado fallido, que era Afganistán hasta día de hoy, y el nacimiento del Emirato Islámico de Afganistán, nombre que los talibanes quieren dar al país.

Con la retirada de las últimas tropas de Estados Unidos, se evidenció que este país ya no tenía ningún interés en mantener un gobierno que ya no le hacía falta. Decimos esto porque no se puede entender que Estados Unidos haya abandonado Afganistán porque haya sido derrotado, en absoluto. Abandonan el país porque ya tienen tratados comerciales con los talibanes.

Los Estados Unidos alcanzaron un acuerdo en 2019 con los talibanes para devolverles el poder, a cambio de esto, los talibanes han llegado a acuerdos con Estados Unidos para mantener las bases militares en Afganistán, ya que es el único país que hace frontera con China en el que Estados Unidos tiene bases militares. Esta es la naturaleza imperialista de la salida de los Estados Unidos del país.

En todo este conflicto se debe explicar también la política de China, país imperialista que está ejerciendo su papel.

Con la retirada de Estados Unidos, el gobierno chino se quejó de la “retirada irresponsable y caótica” del país, lo que demuestra el papel de china en el mundo. China quiere, ante todo, mantener la estabilidad en Afganistán a cualquier precio, ya es su país vecino y no quiere problemas que se puedan extender a su territorio. Esto se da por la Región Autónoma Uigur de Sinkiang, que está en plena frontera con Afganistán y ha servido de refugio a muchos islamistas. Es importante que se tenga en cuenta que a China no le importa el carácter de los estados, mantiene excelentes relaciones con Arabia Saudí e Irán, estados teocráticos, y también con Israel.

También, China tiene un gran interés en proteger sus posiciones imperialistas en Asia Central, ya que todos los países de la región son miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái y miembros de la nueva ruta de la sede china. En Afganistán, China exporta capitales por valor de más de 4.400 millones de dólares, y controla el depósito de cobre de Aynak y el pozo de petróleo de Amy Darya.

Como vemos, China, que nada tiene de socialista, solo pretende preservar sus intereses imperialistas en la zona.

Nuestra postura como comunistas debe ser clara, estamos firmemente en contra del imperialismo y de la subyugación de los países. El pueblo de Afganistán ha sufrido todo tipo de invasiones, desde la británica en el siglo XIX, a la estadounidense, pasando por la soviética. Tan erróneo sería apoyar a los talibanes como lo sería haber apoyado a Estados Unidos, o como lo fue apoyar los intereses imperialistas de la Unión Soviética en la zona.

Desde el Partido (marxista-leninista) de los Trabajadores tenemos claro que la solución en Afganistán solo puede pasar por un Estado de Nueva Democracia y la construcción de un país socialista, fuera de toda potencia imperialista y bajo control de las masas. Esa es la única salida posible para el pueblo afgano.