La heroica gesta de la Comuna de París. Aprendamos de ella en su 150 aniversario

Hoy se cumplen 150 años de la formación del primer gobierno obrero y revolucionario de la historia: la Comuna de París. En el transcurso de la guerra franco-prusiana, el proletariado parisino, pobre y hambriento después de sufrir un duro asedio, estuvo dispuesto a tomar el cielo por asalto, a derrocar el gobierno burgués y a todo tipo de sacrificios para llevar las riendas de su destino: en eso consiste la heroica gesta de los comuneros.

Durante dos meses, la Comuna legisló activamente para el proletariado. Se abolieron los consejos de guerra, las deudas y se dio amnistía a todos aquellos condenados con delitos políticos. Se clausuraron las casas de empeño, se prohibió el trabajo nocturno en panaderías, se fijó el precio del pan, se suspendió el pago de alquileres y se ocuparon las casas vacías no utilizadas. Se asignó una pensión para las viudas, se listan las fábricas y talleres abandonados para reactivarlos mediante cooperativas obreras y se empieza a negociar con los sindicatos por primera vez en la historia de Francia.

No solo en trabajo y vivienda se notó que gobernaba la clase obrera. En la educación, se declaró la formación gratuita, laica, integral y universal. Se separó la Iglesia y el Estado, se abolió el ejército permanente y el servicio militar obligatorio, siendo la Guardia Nacional la única fuerza militar para la defensa de la Comuna, es decir, el pueblo armado. Se declaró la igualdad de derechos políticos entre hombres y mujeres, y las mujeres proletarias comenzaron a organizarse como partícipes de la revolución en marcha, creándose la Unión de Mujeres y participando activamente en la defensa de la ciudad.

Pero la Comuna tuvo errores fatales que permitieron que burgueses, funcionarios realistas, militares y reaccionarios de todo tipo conspiraran y trabajaran activamente para derrocar al nuevo gobierno obrero. Finalmente, el ejército entró en París para restaurar el orden y reprimió duramente asesinando a más de 35.000 comuneros y más de 70.000 perseguidos, arrestados o exiliados por tribunales sumarísimos.

Al mismo tiempo que defendemos la Comuna como un hito histórico para los comunistas y para la clase obrera internacional, debemos aprender de estos errores para que la bandera roja de los comuneros se alce en todo el mundo.

La miseria, el hambre y la guerra

La insurrección obrera que dio lugar al gobierno revolucionario se desarrolló en un contexto de hambre y miseria generalizada, a la que posteriormente se le sumó la guerra franco-prusiana. La situación del proletariado parisino a finales de los años 40 y principios de los 50 era de extrema miseria. La inflación se disparaba y cada vez se hacía más difícil sobrevivir con un único salario entre los precios de comida y del alquiler. La masa de trabajadores en paro o ejército industrial de reserva aumentaba en la capital mientras usureros, prestamistas y banqueros concentraban más riqueza. La situación de penuria y el miedo al estallido social propició el golpe de estado de Napoléon III para mantener la seguridad y el orden y posteriormente, autocoronarse emperador.

El Segundo Imperio francés consiguió que durante la década de los 50 se viviera algunos años de bonanza económica, invirtiendo grandes cantidades de dinero público para proyectos de choque contra la miseria y la masa de trabajadores en paro, pero la pobreza volvió pronto a la vida del proletariado. Los años 60 están marcados por un empeoramiento progresivo de las condiciones laborales, un aumento de la inflación y una temporalidad en la industria que obligaba a buena parte de los proletarios a caer en la mendicidad y en la criminalidad. La situación no es nada mejor para las mujeres proletarias, viéndose obligadas a sufrir el doble yugo, doméstico y laboral, teniendo salarios muy inferiores a los de los hombres y muchas de ellas siendo expulsadas de la industria y el comercio por el alto desempleo femenino. La ausencia de programas sociales, de desempleo o de viudedad afecta a las mujeres obreras, muchas de ellas cayendo en la mendicidad o en la prostitución para sobrevivir tras la muerte o accidentes laborales graves de sus familiares.

Napoleón III, representante de la burguesía francesa, fracasa en varios de sus proyectos de expandir el Imperio en nuevas coloniales para conseguir nuevos mercados a sus mercancías y se ve obligado a centrar la vista en Europa. Pocos años más tarde Francia intentará anexar Luxemburgo y posteriormente Bélgica, entrando así en guerra con Prusia, la otra potencia militar terrestre en el continente.

Si las condiciones de vida de la clase obrera ya eran malas, la guerra franco-prusiana empeoró aún más si cabe la vida del proletariado parisino. La expedición militar francesa fracasa estrepitosamente, Napoleón III es capturado en septiembre de 1870 y ante el vacío de poder se proclama un Gobierno de Defensa Nacional, un gobierno de concentración que lidera la burguesía. Tras la captura del emperador, Bismarck envía al ejercito prusiano para asediar la capital y conseguir una paz ventajosa.

Es en el asedio de París cuando la clase obrera soporta la miseria y el hambre de forma atroz, duplicando la gravedad de los problemas de desempleo, marginalidad e inestabilidad que sufre el proletariado. El nuevo gobierno, que ejerce desde Versalles, obliga a los parisinos a resistir la embestida prusiana. Miles de trabajadores son obligados a alistarse en la Guardia Nacional para la defensa de la ciudad.

Tras 131 días de asedio, el hambre obliga a la ciudad a capitular ante el ejército prusiano. Durante este tiempo, el proletariado se vio forzado a cazar ratas en las alcantarillas para comer, al canibalismo con los cadáveres de los muertos y a beber agua estancada. Estas son las condiciones en las que vivió el proletariado parisino.

Valientes hasta la locura” y “dispuestos a tomar el cielo por asalto

Días después de la capitulación de París, se firma el armisticio con Prusia y las elecciones legislativas de la nueva república francesa -llamada Tercera República a partir de ahora- convierten a Adolphe Thiers en el jefe del poder ejecutivo. Thiers obliga a la Guardia Nacional a desarmarse para reinstaurar el orden en París.

El recién creado Comité Central de la Guardia Nacional, desconfiando del nuevo gobierno republicano tras el maltrato que sufrió el proletariado en la guerra, se niega a devolver las armas. Thiers envía al ejército a desarmar por la fuerza al proletariado y el 18 de marzo, en la colina de Montmartre, la Guardia Nacional toma los cañones con los que pretendían disparar contra ellos. Ante la acometida de los proletarios armados, el general Lecomte ordena a sus soldados disparar contra la Guardia Nacional: sus soldados obvian sus órdenes, confraternizan con el pueblo y fusilan a su antiguo general.

El 18 de marzo la clase obrera parisina, “valientes hasta la locura” y “dispuestos a tomar el cielo por asalto” iniciaron la primera insurrección obrera exitosa en la historia. Así describía Marx a los comuneros en su correspondencia con el doctor y amigo Ludwig Kugelman. Tras la toma del poder y la huida de los militares, el nuevo gobierno obrero y revolucionario estuvo al frente de París durante poco más de dos meses.

El 1 de abril el gobierno de Thiers declara la guerra a la Comuna y la guerra marcará sus últimas semanas. Cuando las tropas francesas sitiaban la ciudad y atravesaban sus puertas, el Comité de Salvación Pública -órgano creado el 28 de abril por el Consejo de la Comuna- emitió el siguiente folleto:

¡A LAS ARMAS!

¡A LAS ARMAS! Que París se cubra de barricadas, y que, tras esas murallas improvisadas, lance de nuevo a sus enemigos su grito de guerra, grito de orgullo, grito de desafío, pero también grito de victoria; porque París, con sus barricadas, es inexpugnable.

Que se levante el pavimento de todas las calles: primero, porque los proyectiles enemigos, cuando caen sobre tierra, son menos peligrosos; después, porque los adoquines, nuevos medios de defensa, deberán ser acumulados, a distancia regular, en los balcones de los pisos superiores de las casas.

Que el París revolucionario, el París de los grandes días, cumpla con su deber; la Comuna y el Comité de Salvación Pública cumplirán con el suyo.”

Un error fatal de la Comuna: no destruir el Estado existente y construir uno nuevo

Finalmente, París fue reconquistada por las tropas reaccionarias de la burguesía y los comuneros fueron sometidos a una fuerte represión: asesinados, perseguidos, torturados o deportados. La Comuna de París tuvo errores fatales que les costó la derrota de la revolución del que todos los comunistas debemos sacar importantes lecciones. En 1872, tan solo un año después de los sucesos, Marx y Engels escribían lo siguiente en el prólogo a la edición alemana de dicho año del Manifiesto Comunista:

“La Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder político en sus manos por espacio de dos meses. La comuna ha demostrado, principalmente, que “la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”.

En la introducción de 1891 de La guerra civil en Francia de Marx, Engels señala lo siguiente:

La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento”.

El gran error de la Comuna de París fue no comprender la naturaleza del Estado -y el papel de la represión- y la necesidad de transformar radicalmente el mismo. La Comuna titubeó al derrocar la máquina burocrático-administrativa existente y construir un nuevo poder desde el pueblo armado. El vacío de poder durante los primeros días de la Comuna, la descentralización del mismo en un momento de extremo peligro y la política de conciliación de intereses de las primeras semanas favoreció su caída. Estos errores de concepción derivan directamente de la composición ideológica de la Comuna, liderada por blanquistas en primera instancia y por proudhonianos en segunda. Así lo expresaba Engels:

Por supuesto, cabe a los proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, tanto en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por las medidas y omisiones políticas. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso — como acontece generalmente cuando el Poder cae en manos de doctrinarios — que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía” (Introducción a la Guerra Civil en Francia de Karl Marx)

Un segundo error fatal de la Comuna: no reprimir duramente a la burguesía

Todavía es necesario reprimir a la burguesía y vencer su resistencia. Esto era especialmente necesario para la Comuna, y una de las causas de su derrota está en no haber hecho esto con suficiente decisión” (El Estado y la Revolución, Lenin)

Las palabras de Lenin son claras. La Comuna perdió grandes oportunidades para afianzar su poder y permitió que el enemigo se reorganizara. Cuando la Guardia Nacional tomó el poder, los primeros días de indecisión le costó caro a los comuneros, permitiendo que la burguesía y otros enemigos de la revolución huyeran de París. También fue un error no marchar sobre Versalles, capital de la nueva república francesa cuando esta estaba indefensa. Cuando se debió haber tomado por los ahorros de la burguesía, los comuneros cometieron otro error: negociar un préstamo en vez de tomar el Banco por la fuerza. Engels nos vuelve a ilustrar:

Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste, además, un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna” (Introducción a la Guerra Civil en Francia de Karl Marx)

Sin duda, la moderación y la indecisión fue un grave error de los comuneros. Cuando las tropas de la nueva república entraron en París, se respondió tarde a la invasión, y en vez de organizar barricadas de manera organizada, se llamó espontáneamente a la defensa de la revolución. La falta de un poder organizado para defenderse de las agresiones burguesas le costó a la Comuna ríos de sangre por las calles de París.

Finalmente, el 21 de mayo el ejército francés entraría en París asesinando a más de 35.000 comuneros y trasladando la lucha a las calles. La resistencia es desorganizada como hemos dicho, pero constante: cuando la pólvora se acaba, continúan lanzando piedras y adoquines. La noche del 27 de mayo finaliza lo que se conocería como la Semana Sangrienta cuando los últimos comuneros resistirían en el cementerio de Père-Lachaise. La represión no quedó en eso: semanas después, más de 70.000 parisinos perseguidos y llamados a declarar ante los tribunales de la nueva república francesa en Versalles para responder ante los “crímenes” de los comuneros.

La actitud de los comunistas frente a la Comuna

Los comunistas sacamos valiosas lecciones de la experiencia y el hito histórico que supone la Comuna de París. Como los propios Marx y Engels expresaron después, la dictadura del proletariado se confirmó como la única vía para defender el poder de la clase obrera frente a los ataques de la burguesía, y como el único instrumento para perpetuar la revolución. Los partidarios del socialismo científico se fueron multiplicando mientras blanquistas y proudhonianos cayeron en desgracia, y progresivamente fueron teniendo menos influencia en el movimiento obrero.

Junto a la dictadura del proletariado, los comunistas entendemos que hablar sobre la revolución es hablar sobre el poder, sobre cómo tomarlo, defenderlo, consolidarlo y expandirlo. La Comuna de París fue el que permitió sintetizar la cuestión del Estado, del poder y la revolución. Lejos de lamentarnos, la clase obrera internacional no podemos sino ver en la Comuna un hito, la primera gran experiencia de lucha de nuestra clase. Gracias al valor y a la entrega revolucionaria de los comuneros, a estar dispuestos a tomar el cielo por asalto reconocemos hoy la dictadura del proletariado como la única forma válida de perpetuar la revolución. Esta es la mayor herencia que nos da, lo que llamaría Lenin, la heroica tentativa de los comuneros.

En El Estado y la Revolución, Lenin destacaba la actitud de Marx ante los sucesos de la Comuna:

Es sabido que algunos meses antes de la Comuna, en el otoño de 1870, Marx previno a los obreros de París; demostrándoles que la tentativa de derribar el gobierno sería un disparate dictado por la desesperación. Pero cuando en marzo de 1871 se impuso a los obreros el combate decisivo y ellos lo aceptaron, cuando la insurrección fue un hecho, Marx saludó la revolución proletaria con el más grande entusiasmo, a pesar de todos los malos augurios. Marx no se aferró a la condena pedantesca de un movimiento “extemporáneo”, como el tristemente célebre renegado ruso del marxismo Plejánov, que en noviembre de 1905 había escrito alentando a la lucha a los obreros y campesinos y que después de diciembre de 1905 se puso a gritar como un liberal cualquiera: “¡No se debía haber empuñado las armas!” Marx, por el contrario, no se contentó con entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que, según sus palabras, “tomaban el cielo por asalto”. Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque éste no llegó a alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un cierto paso hacia adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más importante que cientos de programas y de raciocinios.

Tan importante como los propios hechos de la Comuna, debemos aprender de Marx y su actitud entusiasmada, solidaria y revolucionaria es la propia de los revolucionarios. Son las masas y solo ellas las que hacen la historia, y pese a cualquiera de los errores existentes de los que aprenderemos, no podemos sino defender aquellas experiencias que nos acerquen a la sociedad sin clases, entusiasmarnos con sus acciones y trabajar por su triunfo. Como Marx con la Comuna, los comunistas de hoy día debemos aprender de los procesos revolucionarios que se están dando alrededor del mundo. Defender sus avances, extraer lecciones, practicar la solidaridad y entender que la victoria del proletariado en un país son victorias para nuestra clase a nivel internacional.

La Comuna de París marca el camino de la clase obrera. Que la bandera roja que un 18 de marzo se izó en la torre del Hôtel de Ville de Paris ondee en todo el mundo