El agua ya está a la altura del petróleo.

“El agua ya está a la altura del petróleo, oro o la plata en Wall Street”, informa una noticia del 9 de diciembre sobre el inicio de las transacciones comerciales con este recurso en el estado de California (EEUU).

¿Qué supone esta realidad?

El objeto de la venta son aquí las licencias estatales para el uso y gestión del agua, especialmente, para los usos productivos tales como la agricultura o la industria; sin embargo también se contempla el uso hídrico humano. 

Este mercado aparentemente nuevo realmente ya existía e incluso podemos verlo en formas tan tradicionales como el ejemplo del Tribunal de les Aigues de Valencia; la diferencia radica ahora en las formas. 

Por un lado, el sistema “tradicional” repartía los derechos del agua de forma un tanto informal, atendiendo a pactos particulares entre diferentes agentes implicados en el uso del agua; con el nuevo modelo, los derechos de aguas se venden a largo plazo y en un contexto -la bolsa de valores- donde imperan las organizaciones monopolistas y con grandes capitales, que pueden hacer grandes inversiones para el control de este recurso en un periodo muy largo de tiempo. 

No existe además un mediador ni una posición que cuide de que no se produzcan acumulaciones y que tenga poder para impedirlo.

Los capitalistas argumentan que de esta forma se racionaliza el uso del agua y canaliza los excedentes de agua al mercado, argumentando que “esto sirve para garantizar que el agua que haya disponible llegue a priori dónde se necesita y conseguir liquidez en este mercado que eventualmente pueden financiar inversiones de mejora”. 

Las dinámicas del capitalismo nos han demostrado que este cuento es falso. Con observar ejemplos como los de la producción de alimentos en África, podemos ver cómo esta posición de “gestión de los excedentes” acaba por transformarse en un dominio completo de la producción.

Aprovechando momentos de necesidad económica, estas grandes empresas pueden adquirir los derechos de uso de forma que el Estado no tenga que realizar las inversiones necesarias, como ocurre con los suministros de agua de ciudades como Barcelona. A esto se suma que en un campo como el californiano, controlado por corporaciones monopolísticas como el grupo ChemChina-Syngenta, el Dow-Dupont o el grupo Montsanto-Bayern; las tendencias monopolísticas van a seguir su curso, de forma que las grandes inversiones de capital para la compra del agua se realizaran en un círculo cerrado donde la entidad que lo compra sea la única beneficiada y la única que pueda avanzar técnicamente, incrementando la acumulación monopolística que beneficie la agricultura de exportación y latifundista imperante en esta región.

La mercantilización del agua y de los recursos básicos es nefasta para la clase obrera y para la naturaleza. Para el planeta, la gestión capitalista de los recursos naturales terrestre destruye el entorno buscando el beneficio individual, sin importar las consecuencias que a largo plazo traiga. Para la clase obrera, la privatización del agua y otros recursos básicos para la supervivencia supone un duro golpe para los ingresos y el nivel de vida de los trabajadores, especialmente aquellos golpeados más duramente por las cadenas del imperialismo.

Todo esto ocurre mientras los medios de comunicación burgueses ponen la lupa en el individuo y no las empresas como agente principal de la contaminación y la destrucción de recursos mientras las grandes empresas compran la gestión del agua, mantienen las viejas formas de producción energética que generan casi el 50% de las emisiones de CO2, acumulan deshechos en vertederos ilegales…

No hay futuro para los trabajadores, ni para el planeta dentro de este sistema.

Debemos apostar por un modelo social y económico que sea capaz de gestionar los recursos naturales en favor de todos los trabajadores, que no obvie la realidad del planeta y la situación de los recursos naturales y lo que supone para las masas trabajadoras del mundo de forma que la explotación de los recursos naturales responda, no al interés privado, sino al beneficio de la clase obrera, que es el interés común de la mayoría de la sociedad. 

Contra un sistema que hace primar el beneficio individual a la vida, hagamos que luchar valga la pena.