Contra la violencia LGTB responde la clase obrera

Las personas de clase trabajadora, que integramos el conjunto de la clase obrera no estamos sólo sujetos a la explotación del trabajo asalariado, sino también a las distintas formas de opresión que tienen su origen en la sociedad de clases.

La situación de especial violencia y opresión que sufre el colectivo LGTB no puede pasarse por alto, ni desligarse del modelo económico capitalista y de la normativización del modelo concreto de relaciones afectivas y sexuales entre hombres y mujeres, así como de las imposiciones de género.

Todo aquello que se aleja de este marco es censurado, señalado o aprovechado para ser explotado en todos los ámbitos. Instituciones como la familia tradicional, o las consecuencias de la división sexual del trabajo no sólo tienen impacto en la situación de opresión de las mujeres obreras, sino también refuerzan la normatividad que afecta a las personas LGTB que forman parte de la clase trabajadora. Si bien en el marco del capitalismo han nacido nuevos modelos familiares que difieren relativamente del modelo más tradicional, el arraigamiento general de los valores y la ideología que lo rodean siguen constriñendo a los individuos que se alejan de este marco, y la falta de aceptación por parte de diversos sectores de la sociedad provoca no sólo un entorno de mayor dificultad para insertarse en el mercado laboral o mayor riesgo de exclusión social, sino que también supone el riesgo de enfrentar de forma directa la violencia y la persecución.

La violencia constituye un pilar y medio fundamental que sostiene y perpetúa la desigualdad y opresión mediante hacia las personas LGTB.

En 2019, se habla de un total de 278 delitos de odio registrados, siendo este tipo de delitos de los más registrados en todo el Estado español. En los datos más recientes, 2020, se registran más de 200 casos de delitos de odio a personas por su orientación sexual y/o su identidad de género.

Si miramos más allá de las cifras oficiales hay datos que muestran que entre un 60 y un 80% de estas agresiones no se denuncian y 4 de cada 10 se dan dentro del propio entorno de la víctima. Toda esta violencia se da en diferentes formas, y no podemos sólo considerar las agresiones y asesinatos, sino también los numerosos suicidios que se dan, a consecuencia de la situación de opresión que sufre el colectivo.

Hay, por supuesto, numerosos interesados en instrumentalizar la mediatizada agresión homófoba ocurrida en Malasaña -que días después se calificó como falsa- para invisibilizar la violencia que sufre el colectivo o para blanquear lo que resultó ser la realidad de dicha agresión: la violencia, la coacción y la estigmatización que sufren las personas en situación de prostitución y explotación sexual.

Hemos visto como a lo largo de este año las agresiones que se hacen públicas han ido creciendo cada vez más. El pasado 3 de julio se produjo el asesinato homófono de un joven, a consecuencia del cual se generó una gran respuesta por parte de las masas en forma de movilizaciones. En estas movilizaciones se constató que además de luchar contra la opresión que sufren y organizarse, tuvieron que enfrentar la represión bajo el gobierno “más progresista de la historia” por medio de la violencia ejercida por parte de las FFCCSE del Estado. Es aquí donde vemos que existen dos tipos de violencia: la que se ejerce contra el pueblo y la violencia que ejerce el pueblo, que es legítima y necesaria para enfrentarnos a su represión.

De hecho, esta lucha antirrepresiva que caracteriza al colectivo LGTB no es nueva: desde sus orígenes, tanto en EEUU como en el caso español, ha sido una de sus reivindicaciones centrales. Antes de que ocurriera Stonewall el colectivo LGTB ya tenía experiencia en su propia lucha antirrepresiva, sin embargo este estallido fue un flagrante ejemplo de la persecución sufrida en forma de redada policial muy violenta. La respuesta contundente del colectivo visibilizó también a la cabeza de esa lucha a sectores con una menor representatividad como fueron las mujeres trans.

En el Estado español tenemos el ejemplo de la marcha de las Ramblas de 1977, cuando el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) se manifestaba para reivindicar los derechos de las personas gays y lesbianas frente al intento de estructuración de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social por parte de las Cortes franquistas, que seguía la estela de la Ley de Vagos y Maleantes de la II República que comenzaba también por castigar la homosexualidad a partir de la década de los 50.

Vemos claramente que la lucha LGTB y la lucha de la clase trabajadora mantienen una fuerte unión, del mismo modo que la cuestión de clase no puede separarse de las consecuencias de la opresión del colectivo. Es la clase obrera la que se ve atada a los efectos más cruentos de esta opresión, mientras la burguesía juega sus propias reglas.

En gran parte de las potencias imperialistas donde hoy día la represión institucional es débil, también existe permisividad legal y una aparente igualdad formal, sin que esto suponga en realidad que esta igualdad sea real, o que la situación de discriminación y explotación pueda alcanzarse en los márgenes de un sistema que se lucra de ella. El capitalismo siempre se aprovecha de la situación para obtener su propio beneficio. Hemos visto como numerosos sectores de la burguesía han tratado de convertir los elementos populares que rodean a la cultura LGTB en un producto más, han utilizado su lucha para lavarse la cara, promocionarse o abrir nuevos nichos de mercado, para blanquear políticas que perjudican a la clase trabajadora o construir “referentes” que nada tienen que ver con la realidad de las personas de clase trabajadora que componemos el colectivo.

Con este afán se habla de una opresión interclasista, que no entiende de clases, y que pone al mismo nivel a quien se lucra de la explotación y a quien la padece, sin señalar el propio origen de la violencia que nos afecta. Los capitalistas intentan apropiarse de la lucha LGBT maquillando la historia a su favor para aprovecharse económicamente.

Es necesario combatir a los reaccionarios que tratan de obstaculizar cualquier progreso positivo en la calidad de vida de las personas pertenecientes al colectivo LGBT, y sabemos que cada derecho conquistado es un paso más para disipar la desigualdad que se da dentro de la propia clase obrera, pero no podemos ingenuamente confiar en las migajas del capitalismo, que de un plumazo se pueden transformar en papel mojado.

Necesitamos luchar contra el capitalismo para acabar con la situación de opresión y desigualdad. No podemos esperar que el capitalismo nos sea servicial, ni conformarnos con una vida de explotación en los márgenes de su sistema esperando tolerancia en la medida que la clase dominante pueda obtener de ello un beneficio propio. La historia demuestra la fuerza de una clase obrera organizada, que siendo diversa también ha de ser consciente de aquello que la une, y combatir por erradicar la desigualdad que la separa.

¡Nuestra vida, nuestra clase y nuestra lucha!